viernes, 21 de noviembre de 2008

El frío y el miedo

Entrega dedicada a la memoria de la gran Anabel Ochoa, q.e.p.d.

En la entrega anterior dije que pertenecía al grupo de personas para las cuales irse a la cama significa refugiarse en un lugar calentito y seguro, en el que nos sentimos protegidos de todo mal. Sin embargo, en mi caso, el lecho empieza a perder su magia tranquilizadora en esas grisáceas horas de la madrugada, cuando el aire se siente más frío y la luz del sol empieza a insinuarse, tímida, insegura, en el horizonte. A esas horas, si tengo la desgracia de encontrarme despierto, o peor aun, semidespierto, suelo sentir una ansiedad física que ya pertenece al mundo de lo despierto pero que conserva un cierto sabor a pesadilla, un horror indefinido, un miedo verde y pegajoso que se me adhiere a la piel y que no se despega hasta que, llegado el momento, me lo limpio con el agua caliente de la regadera.

Y es que, en el mapa de percepciones de mi cerebro, el miedo y el frío ocupan posiciones contiguas, y la frontera entre ambos a veces se desdibuja. Por eso en las heladas madrugadas de esta temporada (tengo entendido que ayer amanecimos a 0°C) me encuentro a mí mismo tiritando con una sensación que, si no es miedo, se le parece mucho.

Ya sé que, en la cabecera misma de este humilde blog, digo que en las mañanas, cuando estoy a la mitad del proceso de despertar, en esa tierra de nadie entre el sueño y la vigilia, cuando el mundo es todavía una imagen borrosa y la almohada es el elemento más importante del universo, surgen en mi mente una serie de ideas que en su momento me parecen brillantes. Pero la verdad es que también a esa hora de duermevela, cuando estoy particularmente vulnerable, se me escapan los monstruos y los demonios que, durante el resto del día, mantengo encerrados en una recóndita mazmorra de mi mente.

Me pregunto si esos terrores matinales son comunes y sí existe alguna solución para ellos. ¿Ansiolíticos, quizá? ¿Psicoanálisis? ¿O tal vez, simplemente, una cobija extra y/o un calentador eléctrico?

5 comentarios:

Roberto dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Roberto dijo...

Una solución todavía más efectiva sería un novio encimoso (aunque claro, está el problema que ya discutimos de que luego es difícil acomodarse). Si no, yo sería partidario de una cobija extra o una buena pijama de franela.

Luis dijo...

Como siempre, mi querido Roberto, tienes la boca (o más bien el teclado de tu computadora)llena de razón...

Anónimo dijo...

el calentador eléctrico apesta y además huele mal. A mí me reseca las narices (sí, todas ellas). Marcolino

Vicente dijo...

Luis, creo que son bastane comunes esos terrores, y también creo que la mejor manera de erradicarlos, o al menos de no percibirlos, sería una cobija extra...
P.S. No sabía que había muerto Anabel Ochoa, ¡qué fuerte!