viernes, 20 de febrero de 2009

Malestar

Dicen —y creo que bien puede ser cierto— que no existe memoria del dolor ni del malestar físico. Por eso quiero dejar una constancia escrita de cómo me siento ahora. Para que luego, cuando esté sano, haya algo que me recuerde cómo es sentirse así de enfermo y pueda dar gracias a la vida por el hecho, simple y maravilloso, de sentirme bien.

Ahora, ése no es el caso. Ahora me siento mal. Ahora me duele la garganta como si me hubiera tragado un alambre de púas y se hubiera quedado ahí, enroscado en mi faringe, clavándome sus espinas de metal cada vez que oso tragar saliva. Ahora me duele la espalda, me duelen los ojos, me duelen las piernas. Ahora siento que mi cabeza está llena de piedras, de piedras negras, densas y pesadas que ocupan todo el espacio disponible y no dejan circular el aire, ni la sangre ni nada. Ahora siento que ni todo el paracetamol ni todo el ácido acetilsalicílico del mundo serían suficientes para acallar los gritos de cada músculo de mi cuerpo, de cada centímetro de mi piel. Ahora tengo ganas de meterme a la cama, cerrar los ojos y ya no ver nada, ni sentir nada, ni saber nada. Nunca más. Ahora siento una sed insoportable que no puede ser saciada porque el solo pensar en deglutir cualquier líquido, y en el inevitable martirio que eso implicaría, me produce escalofríos. Aunque, de todas maneras, y además de todo, también tengo escalofríos.

Ya sé lo que está usted pensando, saludable lector. Casi puedo ver su ceja levantada al leer esto. Que soy un exagerado. Que a todos nos ha dado gripa y todos hemos sobrevivido. Que no es para tanto. Y eso sólo confirma mi hipótesis inicial: el malestar físico no tiene memoria.